
El tiempo sueña con ser semen en el salón dorado
donde el lenguaje de los huesos
clava los dientes en la carne del estanque.
El pájaro emigrante chapotea en la tarde
hasta alcanzar a las rojas flores,
que hieden a cadáver y adornan la mesa para la cena.
Huella en la playa, que hundes nuestra masa
en el lodo del glaciar, que ruedas en llamas
por la escuela de gatos negros y borras la marea
con la espalda de Cristo.
Qué triste danza la de las lenguas que avanzan
muertas por el valle de los corazones crudos.
Las flores grises doblemente soberbias
talan y arrastran todo el pantano
mitad memoria mitad vacío,
y tu mundo autodidacta de pequeños féretros,
me arranca las heces y los brazos.
Una forma de oscurecer la nieve o de arrastrar madera
hasta nuestro quirófano.
Cien ángeles recorriéndome las grietas de la piel
entumecidos como los quemados glaciares de la carne,
pendiendo en telaraña ennegrecida por el humo.
Son mis propias rocas, recuerdos con olor a gris
que la tierra pierde, bienvenida del alma a las horas
dolorosas de los chupadores de palabras que rozan
a los hombres vistiendo con piedras, polvo y cementerios.
El amargo tacto de los muertos, el idioma de las almas
fascinante como el inflamado mundo de los niños
bañados en sangre,
doliente como el deslizar del tiempo sobre negro pelo de gato.
Escuchando la vejiga del viento, y su canción de cuna
gritando a las montañas en la noche helada.
Te arrastran al mar como dedos de plástico enloquecidos
ante el espejo de inútiles mecanismos que terminará
cabalgando por crestas de hielo.
Relojes de arena se descuelgan de los látigos
y se enamoran de la marea, aún cuando esta
se disfraza en el contaminado nido de las fábricas.
Mudos ángeles necrófagos abandonan
el futuro del frío infinito.
Cesc Fortuny i Fabré