No quiero abrazar el drama que supondría
matar al Dios que vomita estrellas de cartón
dejando al huérfano en brazos de los muertos.
Incluso las horas viudas, en su piedad abierta,
me preparan rosquillas de infierno azucarado
y se abren en miles de páginas
para que yo anote la piel postrada en el coma
de una nube y sus márgenes.
Marian Raméntol Serratosa “Mis gatos saben fijar la mirada justo antes del suicidio”
Me amputo
los bonos de la fortuna
antes de que el sentido del humor
rompa su primavera
y nos huya odiándonos
como un sonajero de muerte.
La mosca percibe
los ácidos aromas del tránsito
y el de mi dormido firmamento
de huellas borradas por las abejas
difuntas.
Los niños caníbales que se masturban,
han encontrado sus dientes arrastrando
a la Parca,
tenaz festín de rareza idiota
digestión sagrada,
ave degollada,
cabezas sobre las nubes.
Sólo quedamos nosotros y la piedra filosofal,
los insectos flirtean con nuestro espíritu.
En la antecámara del harakiri,
tu enfermedad pliega las alas y devora a los muertos
hirviendo las cenizas de los hombres
y entregando físicamente su estómago deshecho.
Cabezas
que en la oscuridad de los templos,
se han vuelto antropófagas y han bebido
todo el veneno
desde su lado de la sombra hasta su estallido
con el viento,
y buscan sacos de espectros en nuestro circo.
Con el ánimo huérfano
el agua juega con el terror.
Cesc Fortuny i Fabré













