Réquiem para la princesa de los Necrófagos
Los crímenes de guerra son
un burdo escudo para un alma atormentada.
Dr. Soplapollas

Un río de neumáticos y metal que expresa la máxima del hombre civilizado, un opuesto a lo salvaje y a lo sincero, se torna un hábito y con el tiempo una necesidad humana y social.
Aquellos pinos sudorosos que velan por tu alma impura, minan mi paso intuyendo que soy el curandero especializado en lepra. El rey de los leprosos purulentos. Todo circula en sentido contrário, una comisaría, un hospital, una vieja … el mundo retrocede y yo estoy impasible, ingrávido, traslúcido, inconsistente. Me suda la polla vamos.
Me siento como un perro, o mejor como esa carroña que suelen devorar a escondidas entre unos cuantos, en esas noches jodidamente putas, en las que el verano se masturba enfermando de lujuria, y los grupos de hombres cuarentones de manos arrugadas por el líquido seminal, babean y planean en que nuevo agujero se volverán a correr.
El autobús da un brusco e innecesário frenazo y se detiene para que desciendan un montón de cuerpos sin cabeza. Un clínica para ricos, un descampado, un pequeño desierto con sus camellos y sus oasis en miniatura, una mierda de perro. Vuelvo a ver pasar el mundo y tengo el dudoso privilegio de estar sentado. Los coches circulan bajo mis pies.
Con lo ásperos que se me ponen los ojos mientras voy perdiendo el alma, con el deseo de venganza, el miedo, la senténcia y todo eso. Con todo eso es con lo que suelo viajar a los adentros, para no sentirme demasiado abandonado y triste, controlando el dominio de la súplica y del pecado, con todo eso tengo que cargar para que el mundo no se hunda en el fango lechoso de tu muerte lenta. Me estas jodiendo la vida y yo te doy desayunos de tostadas con pelos.
En el quiosco venden saquitos de uñas, para que no tengas que comerte las tuyas.
Royendo las tripas de los muebles, masticando astillas milenárias, como si fuera un manjar griego, somos carcoma, eso es todo.
Peluches de hormigón y manteca, que fornican a oscuras con los dedos entrecruzados, deseando que la prole no se materialize. Desesperados por la inmunda consciencia del ser, sacos de almas fétidas que se retuercen en compañía, pero que se averguenzan de su materia, de su esencia, de su existencia.
Muñecos rígidos de materia seca, cabello negro y embobados dedos de cadáver. Joyas exóticas de finísima piel, te mueres. Criatura seráfica de dulces orgasmos comatosos, espamódica y risueña, insultantemente vacía. Perfecta figura de furia oscura, nuestra cultura decadente te aconseja que te retuerzas en tu asqueroso reflejo, que te mates, que no practiques la ingesta calórica por si tu aspecto se aleja del princesismo repulsivo y apabullantemente real de un cuerpo con fisuras y redondeces.
Esos necrófagos, se alimentan de tu sueño mortal y se aprobechan de tu pesadilla traslúcida que te mantiene en el letargo. Sólo puedes pedir que te dejen ser su esclava. Y así será. Devorando a la muerte, con lengua de lagarto secado al sol.
Los clérigos se apresuran a consumir la fe para que su estilo de vida persista a las evidencias. Con orejeras, como los burros.
Una sobredosis de ausencia divina, por si acaso.
Desamparados en la ciudad horripilante, la que te consume por dentro y te deja completamente seca, como la actriz porno famosa por su poder de succión. Anelamos el descenso a los infiernos, mientras nos consumimos un poco más. Te estás haciendo vieja, escucha el sonido cálido de la media noche. Los viejos carros se pasean por la plaza, preparando la fiesta un dia más, encantadores de serpientes y vendedores de dentaduras usadas, un poco de té con menta. Sus harapos se mecen con la brisa. ¿Estamos cerca del Atlas?
De eso se trata amigo, de que la barca flote sobre esa alfombra negra y apabullante, y el paciente asesino nos espere bajo el agua, sin compromisos ni reproches.
¿Tienes miedo?
Y en esa oscuridad navega el hombre y su silencio, aquí, allí, todo un océano de oscuridad sin horizonte, sin esperanza, sin camino ni proa.
Te verás rompiendo las aguas, como un colchon de tripas en el matadero, el techo del asesino.
Navegando en las tinieblas, un barco pirata destripa la niebla y el navegante observa allí donde las garras del navío abren paso al cuerpo sin mente, con sumo cuidado.
Oirás el grito desgarrador del pequeño cuervo, la monja sollozante descuida la noche sin rumbo. Por Navidad tu madre ha llamado al médico, no se fia de los remedios caseros, y este sin Dios puede traer consecuencias.
Una pequeña caja salpicada con piedras de jade y pequeños rubíes, se camufla en tu pecho, para albergar el espíritu de los antepasados.
Vamos a enterrar a la chica, hace calor y el cuerpo empezará a descomponerse. Poca sangre … y el resto … se debe a esa mierda, pero tu ya lo sabes.
Hoy te ha tocado hurgar en mi miséria, con millares de ratas que vendrán a besarte los pies.
Viejos ciegos se amontonan en el desesperado éxodo a ninguna parte, cruzando la autopista de un modo suicida y desapasionado, como caracoles que se pasean por el filo de una hoja de afeitar. Huyendo de las verdades, sobretodo del frío mortal producido por el aliento del niño justo cuando el perro monta a la hembra y la mujer llora a su difunto verdugo.
Evitemos el tedio encendiendo la pira funeraria que quemará las almas de los pájaros enfermos. ¿Oyes el rumor de los cielos?
La agonía de la existencia en el momento del orgasmo le produce un terrible desaliento a la libelula que ya no vendrá de visita.
Vas a tener que comprarle el alma a la libélula o hurgar en nuestros cerebros, en esa pasta negruzca y asquerosamente rezumante.
(de “Memórias de la Col Lombarda” de Cesc Fortuny i Fabré)




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