Atmósfera Viciosa

Ya me molesta bastante tener que asistir a ciertas reuniones de trabajo, con el consecuente deterioro mental al que uno se somete, pero debo confesar que la invitación que recibí esa resacosa mañana, me tocó mucho los cojones.
Llaman al timbre, abro, me encuentro con el cartero que me ofrece un sobre y me hace firmar en una libreta, firmo, él espera, yo espero, me sonríe, yo espero, me saluda, yo espero, se va decepcionado, cierro la puerta.
Tenía un fuerte dolor de cabeza, pero eso no era nada inhabitual. Las noches con exceso de alcohol, me regalan mañanas con exceso de resaca, es un sistema, una fórmula indivisible.
Rasgué el sobre y miré la nota, no tengo muy claro si la leí o simplemente la vi Algo me quedó en la cabeza “… Señor Máximo Torres … cordial invitación … saludos … inestimable colaboración …
c/ Travessera de dalt … a las 21-30h … “ y algo más que ni siquiera recuerdo. Lo que sí parecía claro, era que la invitación la mandaba un fanzine underground para el que hacía unos meses que escribía una columna semanal. Me pagaban una mierda, y muchas veces ni siquiera me pagaban, esto es por la causa me decían los cabrones, pero casi siempre la causa era una visita a una casa de putas de la que el director del fanzine era un cliente VIP.
Bueno, no puedo evitarlo, no me gustan esa clase de reuniones. No es que no sea sociable, me gusta la gente pero en la cantidad justa. No tengo nada en contra de los encuentros furtivos con el sexo opuesto en moteles de carretera, por poner un ejemplo al azar, pero si me quitas de ahí, me suelo sentir un poco extraterrestre. De manera que el día de la reunión, me puse mis mejores antenas, la pistola láser y procuré que mi piel luciera en verde botella. Pensé en ir en metro, bajar en Lesseps y andar hasta la fiesta. Cogí el trambia en la Diagonal que se paró al cabo de unos minutos, nos hicieron bajar y coger una lanzadera. Me estuve preguntando que coño sería una lanzadera hasta que apareció un autobús de mierda, completamente lleno a rebosar. Sudor, malas caras, calor …
y en la Plaza de las Glorias hice el transbordo al metro de la línea uno, que tardó más de lo normal en aparecer. Por megafonía nos dijeron que “alguien” había hecho una gamberrada y que por eso el metro veía afectada su habitual frecuencia. Llegué a Catalunya y me metí en la línea tres a las ocho más o menos, antes del viaje había estado en un bar para “tomar conciencia” y la verdad es que después de dos horas bebiendo cerveza, estaba más que concienciado. La línea tres estaba en obras así que después de más sudores, malas caras y calor, llegué tarde. Dos horas tarde.


Llamo al timbre, espero, me abren, subo al ascensor, la puerta en el rellano esta abierta, sólo salir del ascensor, ya oigo el rumor de la bacanal, que se escapa por la rendija de la puerta ajustada.
Gente desconocida por todas partes, un gran salón al final de un pasillo donde un tipo con pajarita se empeña en quitarme el abrigo. Desconfiado, se lo entrego y me dirijo al meollo, con la esperanza de que el alcohol esté accesible y me redima de mi suplicio. Otro tipo con pajarita me ofrece una bonita copa adornada con una pequeña sombrilla y aceitunas y algo que cuelga. Se me antoja precioso, y además no me parece nada educado rechazarlo, así que la bebo de un trago y devuelvo la copa a la misma bandeja en la que me lo ofrece.
“¡Por fin Max!, sí que has tardado.” se trata del editor del fanzine underground, el putero que no me paga, se llama Ludo y odia que llamemos a su basura “fanzine”, prefiere el apelativo de periódico alternativo. Me paso sus definiciones por el pájaro guía, para mi es un fanzine underground de lo más cutre, por eso me han aceptado para trabajar en él. Me tratan como a un dios, pero yo pienso que lo que escribo es una mierda, en realidad pienso que escribir es una mierda, quiero decir en términos generales, luego lees a Espriu y te caes de culo.


Mientras me va presentando a un grupito de idiotas babeantes que mascan tabaco al viejo estilo y visten con faldas escocesas, intento huir hacia la cocina para comer algo más decente que canapés de culos de palomo cojo, en estas fiestas no hay manera de comer nada decente; salmón ahumado, culos de palomo, antenas de caracoles afganos, huevos de extraños peces en peligro de extinción, invertebrados diversos …
De camino a la nevera, me encuentro con otro tipo con pajarita llevando una bandeja con cosas rebozadas que parecen comestibles.
“¿Que llevas ahí?”
“Pelotas de pescado.” me dice con cara de palo de escoba.
¡Que porquería!, ni siquiera pensaba que los pescados tuvieran pelotas.
Salí otra vez al salón, mientras mi amigo revoloteaba entre un montón de los más prestigiosos y anodinos negociantes, un tipo que andaba dando tumbos y que no conseguía aguantarse contra la pared, empezó a contarme que su mujer era espiritista, y que esa misma noche realizaría una demostración. Su aliento era dulce, agrio, cálido y amarillo. Precisamente entonces, los tíos de la pajarita, intentan reunir al personal en el salón como si se tratase de pastores que reúnen el rebaño.
Fueron llegando los que estaban comiéndose las flores en el vestíbulo. Los que habían llenado la bañera y sumergían a un hamster para comprobar si era cierto que esos bichos pueden respirar bajo el agua. Los que estaban bebiéndose el agua de la bañera apostando que no se tragarían al hamster, y unos minutos más tarde, los tíos que completamente desnudos bailaban la conga. Estos llegaron bailando en fila india, el de delante, le agarraba la polla al de atrás, y así sucesivamente.
Tras unos minutos de aburrimiento, los de la pajarita, anunciaron que la señora Perez se disponía a regalarnos con una demostración de sus habilidades.


La señora Perez se arrodilla en el centro de un corro formado por el público asistente (pensé que íbamos a hacer un bukake) y pone los ojos en blanco. Seguidamente abre la boca como si quisiera desencajarse la mandíbula (mis temores se estaban confirmando) de tal forma que la nariz ya le está tocando el dedo gordo del pié y la barbilla le hace cosquillas en las humedades. Una espectacular e imposible postura. Todos aplauden, me siento obligado a hacer lo mismo. En ese momento, en plena concentración, suena un estruendoso eructo que parece salir del estómago de la señora Perez, la gente enloquece víctima de un éxtasis histérico, aplauden al gas recién parido como si fuera el único nato en una civilización que se extingue.


El señor Perez, que sigue tambaleándose, aclara a un grupito que su señora aprendió esas habilidades de un viejo maestro Yogui, que tiene una escuela en la zona alta de Barcelona.
Sin cuestionarme la relación entre el Yoga y la aerofagia, empecé a pensar que tendría que beberme la loción de afeitado de Ludo, puesto que las tres botellas de gran reserva (que era lo único decente que había en toda la casa) ya descansaban en paz, dentro de mi estómago.
Mientras retiran a la señora Perez del centro del salón, ya que no puede incorporarse sola, y la llevan a un hospital, el sobrinito de los Perez aporrea el piano del rincón como lo haría un saxofonista epiléptico, mientras canta aquello de … Granada, tierra soñada por mi …
Realmente yo tenía demasiado trabajo escondiendo el vómito debajo del sofá, como para prestar atención a aquel engendro.


Sobre mi cabeza, la sombra de dos niños trepaba por el techo. Cerré los ojos y volví a abrirlos lentamente esperando que la visión hubiera desaparecido. Dos niños de unos once años, andaban por el techo como un par de arañas.
Ludo me miraba sonriente con su copa en la mano. “Es el rocódromo de los chicos, ¡les encanta la escalada!” y me muestra una boca llena de dientes.
El lugar de la señora Perez ya ha sido ocupado por un par de cheerleaders de unos setenta años. Rubias de bote con minifaldas plisadas de cuadros rojos y negros, camisetas ajustadas, zapatillas de tenis, medias negras hasta las rodillas, metro sesenta de estatura, unos noventa kilos … no se movían mucho. Por suerte.
Se oían gritos de júbilo en el lavabo, gritaban algo sobre un hamster submarinista.


Los de la conga seguían por el pasillo. Sonó el timbre de la puerta, de hecho me dio la sensación de que hacía mucho rato que sonaba. Los tíos de la pajarita habían desaparecido, de manera que empujado por la curiosidad, me dispuse a abrir la puerta. Había llamado un tipo vestido de poli municipal, le acompañaban; un indio, un paleta, y un motero.
“Señor, ¿es consciente del volumen de la música y de los gritos? varios vecinos nos han llamado escandalizados, son más de las dos de la madrugada.” dijo el tipo disfrazado de poli.
“Bienvenidos, pasen, pasen, les estábamos esperando.” dije intentando ser cortés.
“¿Estábamos?, yo no tengo nada que ver con estos señores.” dijo el poli mientras los otros se metían en el piso ignorándonos a ambos.
Tras su descomunal bigote se percibía un fenomenal cabreo, un jeto enfurruñado vamos.
“Oh, en ese caso, espere un momento señor, voy a buscar al responsable de la fiesta.” le dije mientras daba media vuelta y me dirigía al salón. El poli se quedó allí, en el recibidor, mirando su reloj y tomando apuntes en una pequeña libreta.
Pasé de largo del salón y me dirigí a la cocina para servirme más vino. De camino me encontré con Ludo, le saludé y seguí hasta la cocina.
Al entrar sorprendí a un hombre extremadamente delgado y un poco calvo, de rodillas y abrazado a la nevera. Con pasión, acariciaba obsesivamente al refrigerador colmándolo de besos.
“¿Porqué no me llamaste anoche?, debiste decirme que estabas de nuevo en la ciudad.” dijo con lágrimas en los ojos.
Pasé una pierna por encima de las suyas y abrí la nevera para sacar más vino blanco. Ni se fijó en mí. Busqué un sacacorchos, me senté en una modesta silla y abrí la botella sirviéndome un buen vaso que apuré inmediatamente. Me serví otro y lo apuré. Me serví otro. Otro. Uno más.
El hombre seguía de rodillas. Llorando.
“Te quiero cariño, no puedo evitarlo … es esta ausencia la que no puedo soportar … tu distancia …”


Al rato, entró un hombre de pequeñas dimensiones, un mini hombrecillo, una prueba, un extracto.
Removía cajones, armarios, más cajones y más armarios.
Abrió la nevera sin hacer caso al que lloraba y cogió algo de queso. Luego salió disparado de la cocina.
“Veremos si se lo come bajo el agua.” le oí murmurar mientras se cerraba la puerta de la cocina.
Con un cuarto de botella de vino y un vaso, volví al salón.


Un tipo que se parecía a Velazquez, estaba haciendo una pequeña conferencia gastronómica. Su pelo rizado le tapaba las orejas y lucía una engominada barbilla de chivo que hacía juego con un delgado y retorcido bigote.
“ … y es así que he tenido el enorme privilegio de pertenecer al equipo de uno de los mejores restaurantes de España …” decía el tío que se parecía a Velazquez, con un gracioso acento sevillano.
“Y una mierda, yo se quién eres, tú eres Velazquez, el hijo de puta ese que pintó las Meninas.” grité todo lo que pude para que me oyera y luego me bebí otro vaso de vino.
“ … asistentes que no podrán escapar al martirio …” seguía como una locución descerebrada.
Tiré el vaso vacío contra la pared y seguí bebiendo lo poco que quedaba de la botella.
“¿Se puede saber que coño te pasa Max? me parece que ya va siendo hora de que te retires, ¿no te parece?” era Ludo, me agarraba fraternalmente de un brazo, y de paso evitaba que me cayera.
“Oye Ludo, hay un tipo arrodillado junto al frigorífico. Parece que esté haciendo penitencia o terapia, o las dos cosas.” dije balbuceando y farfullando.
“Bueno, no me sorprende. Es el siquiatra de mi mujer. Se llama Jaime Peres Albarrazín, es muy bueno. Si quieres te lo presento. Te puede ir de maravilla.” dijo intentando quitarme la botella.
“Yo no necesito a ningún loquero.” mientras protegía el vino con mi cuerpo.
“¿Estas de coña? todos lo necesitamos.”
“¿Qué?” ronroneé.
“No importa Max, creo que deberías pensar en retirarte, es tarde y estas muy borracho.” me dijo con cariño.
“No hasta que me digas porque ese tipo se parece a Velazquez.”
“Se parece a Velazquez, porque ese tipo es Velazquez. Mira sus manos manchadas de pintura sino me crees.”
Miré sus manos, estaban manchadas de pinturas. Le creí.


Me terminé la botella y se la dí a Ludo, este me dio mi abrigo y me dirigí a la puerta de salida.
Al llegar al recibidor, encontré al policía esperando.
“Ludo me ha dicho que se vaya usted a la mierda. Es el responsable de todo esto y está en el salón.” le dije mientras abría la puerta y me dirigía hacia el ascensor.
Justo cuando llegó el ascensor, percibí una sombra tras de mí. Era Velazquez. Se abrieron las puertas.
“Usted primero.”
“No por favor, después de usted.” y toda esa mierda del protocolo.
“Oiga Velazquez, estoy muy borracho y no se muy bien lo que me digo, pero me sorprende verlo a usted.”
“No se preocupe, yo también me pongo tibio a veces. ¿Se sorprende verme aquí, en casa de Ludo?”
“Me sorprendo de verle vivo, en casa de Ludo. Creí que estaba muerto desde 1660.”
“Ya me lo han dicho otras veces, pero ya sabe …”
“Pues no, no se.”
“Nada es para siempre, ni siquiera la muerte.” el ascensor se zarandeó al llegar a la planta baja.
“Ah, eso si.” dije saliendo el primero.
“Adiós señor Velazquez, bienvenido.” y me fui hacia la calle, a esas horas ya no hay metro, los buses nocturnos tardan horas y van repletos de borrachos y no tenía dinero para un taxi, así que tambaleándome me fui hacia el sur.
En el reloj de unos almacenes de ropa, estaban dando las tres y yo andaba otra vez borracho por las calles de Barcelona intentando volver al hogar …
Un par de críos se morreaban frente a una farmacia, otros salían de una discoteca, pisé una mierda de perro, un par de travestís se cachondearon … como tantas veces, intentando regresar a casa mientras mi noche lo adormecía todo.

~ por Cesc Fortuny i Fabré en Abril 11, 2008.

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