Pequeña guía de viaje al pueblo sin calles II

Ellas esconden un extraño secreto bajo sus enormes faldas, imagino a veces que no tienen piernas sino un mecanismo complejo con muchos engranajes, con dos enormes ruedas que facilitan su locomoción, con su aceite y su cigüeñal, con sus tuercas y sus manguitos. Qué bonita palabra “manguitos”.
¿Alguien ha visto alguna vez correr a esas niñas? seguro que no porque no lo hacen, se deslizan, y eso lo deben a sus complejos mecanismos. Biomecanismos rumanos de alta precisión, biomecarumanismos, pura tecnología.
Esos hombres, sus acompañantes, son los encargados de mantener todos los elementos a punto.
Y gritan frenéticos “¡Falta aceite!”, “¡El cigüeñal va flojo!” insisten, pero lo hacen en su idioma, por eso siempre se están lanzando consignas, que aunque nadie entiende, a ellos les son imprescindibles para conocer en todo momento cual es el estado de sus mecanismos, de sus biomecarumanas.
Las niñas biomecarumanas se quedan al final del vagón, con los bebés zumbantes medio colgando, a punto de caérseles de los brazos, y comienzan una letanía agonizante y llena de dolor, en un terrible castellano a veces casi incomprensible. “llegar … por favor … seis niños … Dios mío … por favor … trabajo …” Imploran con los niños colgantes una ayuda para comer y para alimentar su apéndice en forma de larva humana.
Sus voces se me clavan lloronas y violentas, implorando arrodilladas y haciéndose un brutal sepuku aterciopelado, esparciendo sus tripas con gestos dulces y despreocupados mientras el pasaje lucha para no resbalar con la sangre.
Imagino recitales con el asesino de Stravinsky y las niñas biomecarumanas, sobreviviendo en subterráneos recorridos alimenticios por el submundo urbano de esta ciudad que se llena de gusanos y que apesta.
“Hoy en la Isla Fantasía, el capullo del violín y las biomecarumanas asesinando a Stravinsky” un gran letrero luminoso en algún rincón perdido del Maresme, donde los vecinos montan conspiraciones contra el alcalde por culpa del ruido y la falta de sueño. Pobres diablos, huyen de la ciudad buscando rincones tranquilos y terminan junto a un complejo lúdico de gusto lamentable donde noche si y noche también se monta alguna apocalíptica fiesta. Yo tampoco podría dormir con el asesino de Stravinsky junto a mi casa destrozando violines, las agonizantes biomecarumanas y sus niños colgantes. La falta de sueño termina jodiéndote, te vuelves paranoico y necesitas matar. La gente se agrupa en bandas y reclama al alcalde y este con el tiempo desarrolla una terrible sordera.
De esta forma no oye a las biomecarumanas ni al asesino de Stravinsky, ni a los vecinos.
Antes me preguntaba donde estaba nuestro sentido del humor, ahora me pregunto como pude ser tan estúpido al preguntarme eso. Este mundo no tiene ninguna gracia. Al menos aquí en el metro estoy controlado, las barbaridades son relativas, las atrocidades se reducen por falta de espacio, en trayectos matutinos y monótonos, sin variaciones. Supongo que cada cual tiene su trayecto, largos recorridos subterráneos.
¿Cuanto tiempo pasamos aquí debajo?, cada día un buen rato. Un buen rato para ir, y un buen rato para volver. Me pregunto por la certeza de cada instante ¿Como puedo estar seguro? ¿como se que lo que vivo ahora no es un sueño, o un recuerdo? Quizás me despierte fuera del metro, viviendo feliz en cualquier otro sitio. O quizás ya no despierte nunca. Quizás debería dormir un poco. Una víctima más del insomnio biomecarumano.
Hoy me duelen los ojos como antesala de una buena jaqueca. A algunos las herencias los retiran del mundo laboral, a mi me retira tres veces por semana del mundo de los vivos. Empiezan a dolerme los ojos por detrás de las órbitas, continúa extendiéndose el dolor por mi frente, por la superficie de mi cerebro, y termina apoderándose de toda mi cabeza. Aunque no, no es toda la cabeza, es la parte derecha … si, la parte derecha. Es uno de los dolores más terribles que he conocido. Te jode la vida.
A través de las chispas de mi dolor, puedo ver en una ceguera de agujas clavadas en mi cabeza. Niñas sedientas de madurez, bailan a cámara lenta, parecen atrapadas en sus cuerpos rectilíneos y se maquillan exageradamente. La propaganda electoral se desliza por las paredes y espera a que ellas inicien el proceso de las manzanas en el cesto hasta pudrirse. Carteles agazapados en las paredes de los andenes, estoy rodeado de gente extraña. Una mañana más.
Soy un tronco río abajo, se abren las puertas, se cierran las puertas, y con un suave vaivén las niñas bailan. Embutidos en un mar de gente, nos mecemos entre perfumes baratos y sudores. Río abajo, despacio.
Veo a los niños caracol cargados de libros, como buhoneros que ascienden al Himalaya. Nunca amarán la literatura, las editoriales son fábricas de nada, fabrican contrapeso en forma de volúmenes para llevar en la espalda. Nada. Contracturas, futuros pacientes con la espalda destrozada.
Temo por mi cordura, por nuestra cordura, todo es tan confuso, debo haber despertado de un sueño profundo, creo que estoy soñando que despierto ¿ya es mañana? El vagón se llena y se vacía varias veces. Caracoles en grupo, algunos apurando un cigarrillo a escondidas, por si pasa el revisor. ¿Seré yo una babosa? Mi espalda está carente del peso de la cultura, vivo sin concha. ¡Dios!, vivimos en madrigueras.
Cuando el dolor aumenta, la luz termina siendo una terrible molestia. Demasiado a menudo la luz resulta ser una molestia. El oxígeno, una bomba de agujas que percuten en mis pulmones. ¿Cuanto tiempo puedo estar sin respirar? Aguantando para no ingerir este aire viciado.
(continuará …)
Cesc Fortuny i Fabré
~ por Cesc Fortuny i Fabré en Octubre 7, 2008.
Escrito en MEMORIAS DE LA COL LOMBARDA







Encapsulados, embutidos con ojos en un delirante viaje, rodeado de serpientes de mil cabezas que se suididan (nos suicidamos) cuando chocan nuestras miradas, pero avanzamos y seguimos avanzando en esos trenes malditos que algún día fueron tumba.
Un abrazo espacial.