Pequeña guía de viaje al pueblo sin calles III

Llueve sobre mi mundo, sobre mi fiesta, sobre todo lo que yo amo. Enanos sin su circo corretean asustados de un lado para otro sorteando a la gente. Caparazones sin tortuga. Tengo una imagen, niños caracol descendiendo de las montañas, deslizándose sobre la nieve. ¿como pueden pervertir algo tan puro? No importa, han conseguido joder mi fiesta. Estos niños se amamantan con veneno, crecen como pequeñas víboras ansiosas por matar. Les adiestran para que quieran comerse el mundo, y cuando han crecido lo suficiente, el mundo se los come a ellos. Esa es la frustración, el desencanto ¿os acordáis de la canción? “¿ … como quieres mentes puras si cagamos juntos … ? “

A veces no puedo reprimir el odio y la rabia, no se como descargar todo esto, cargar con ello me duele. Me gustaría reventarlo todo, aplastar la concha de los niños caracol, joderles la vida, destrozar el mecanismo de las biomecarumanas, golpear las cabecitas de los niños colgantes hasta que sangren, hasta que sus sesos se escapen por las pequeñas orejitas. No creo que mi dolor cese, pero al menos los demás sufrirán también.

Quiero joderlos, que todo se consuma hasta las cenizas, hasta la enfermedad, quiero ver el sufrimiento en otros para saber que no es el mío, que mastiquen la misma mierda de la que me alimento, no me consuela, nunca es suficiente.

Soy un agujero en el vacío; de nuevo en la ciudad la lluvia prepara el baile, sólo quiero estar desnudo y corretear por el valle. Pero estoy aquí como un artrópodo prostituido y carente de consciencia.

¿Que nos espera después de la lluvia? Temo que nada cambie realmente. Que la lluvia y su ausencia sean lo mismo. Como el Samsara y el Nirvana, como la cima y el llano, como el blanco y el negro, como soplar y retener aire.

En el fondo quedan resquicios solidarios entre nosotros, pero es tan difícil luchar contra el hedor putrefacto que nos idiotiza, es tan fuerte que nos anestesia ¿estaremos perdiendo el olfato?

Solo queda alcohol y muerte, una porción más de infierno, abrazamos el credo o morimos de hastío, aunque abrazando el credo tampoco obtenemos garantías. Seguimos maldiciendo nuestros pecados y sintiendo este frío en el rostro. El hombre no busca respuestas, busca garantías, solo quiere estar seguro.

Me gustaría llamar la atención de todos, como las rumanas, “¡venid ahora!, estoy bailando” les diría gritando encima del asiento, agarrado a la barra del vagón, como un mono danzante. ¿No quieres verlo? Los cobardes duermen en sábanas de terciopelo, y mientras yo bailo algunos reventarán currando.

Todo se resume en lo mismo, tengo miedo y estoy solo, imagino un velatorio sin amigos ni vecinos, un entierro mudo disfrazado de ataúd barato que sorteará el desprecio de los funcionarios.

¿Habrá parado de nevar en la superficie? Me siento como en un refugio nuclear, aislado de un mundo que se ha vuelto demasiado hostil. La radio anunciando el cataclismo “El gobierno recomienda abstenerse de salir al exterior hasta que se hayan evaluado los daños …” treinta años de oscuridad, niños translúcidos criados en agujeros apestosos y hogareños, peor que topos ciegos, peor que cerdos albinos, peor que gusanos hacinados, engordando hasta el punto de reventar como melones maduros. Un pié en este mundo y el otro en mis peores pesadillas. El vaivén me va meciendo en un sutil adormecer, una biomecarumana duerme a su bebé colgante y con sublime cariño acaricia su pulposa y traslúcida cabecita, con cariño para que no le reviente. Me adormezco con el niño. Todo sucede despacio, muy despacio, cada vez más despacio … los ojos de la criatura traslúcida, se cruzan con los míos. Como un animal sediento inclino la cabeza y me arrastro por los mugrientos bares de la ciudad. Como la babosa que soy, repto entre colillas, papeles y vasos de plástico rotos para alcanzar el taburete de la barra y trepar por él.

Clavo los codos en el lomo de la bestia, alguien la contrató para hacer de mostrador. Apuro una cerveza y miro como al beber todos levantan sus jarras, yo sin embargo inclino la cabeza. Me siento jugando al vencido, solo es un juego “¡Lo importante es participar!”, me dais asco. ¿Os parezco gracioso? os arrancaría el corazón de un bocado, patearía vuestros estómagos, quemaría vuestras casas. Vuestra mierda de casas. Y sin embargo, inclino siempre la cabeza.

Un buey pesado y lento frente a lobos hambrientos, nada puedo ante tanta presteza, ante tanta experiencia, más que alimentar mi odio. Por eso al final inclino siempre la cabeza. Cabizbajo es como mejor me siento. No tengo que soportar miradas, ni ver vuestras caras. Ir cabizbajo me permite no pensar en vosotros.

Me construye una burbuja donde poder refugiarme, donde esconderme, donde pueden aflorar mis sueños, mis propios olores y me veo realizando extrañas heroicidades. Como cuando hace frío, mucho frío. Cuando hace realmente frío, me gusta ir sin guantes. Meto una mano en el bolsillo y dejo la otra caer junto a mi cuerpo, como un jamón enfermo, algo que ya no debe ser atendido, y desde mi burbuja, observo.

Solo en los días en que el norte viene a por nosotros, me gusta ver mi mano inerte. No suelo huir, sería inútil. Aunque os veo a muchos de vosotros corriendo, estáis graciosos sin duda. Salís del refugio y corréis sin rumbo fijo. Tenéis miedo de ese ejército despiadado. Sin victorias y sin gloria ya no hay héroes en este mundo devastado. Clavo los ojos en el suelo, raíles de un tren destartalado, sigo mis propios pies que me guían, el dolor es infinito, aunque en realidad siempre ha sido lo mismo.

Vuelvo a sentir los olores, la burbuja es solo una ilusión, un hedor que me ahoga, crisálida abortada y putrefacta, estertores de suite nupcial, animales pequeños y duros. Insectos negros, rápidos y juguetones.

Un mar de colillas en el cenicero, carreras de pequeños cuerpos alienados, distorsión de la memoria responsable de nuestros pecados, nacimiento forzado.

Cosmos terrible y hostil de vómitos, alegoría de una matanza. Quiero vomitarte, llenarte de pecado, alejarte, salvarte, suicidarte. ¿Quienes somos que como rastros apenas nos perciben? ¿quién soy yo? Un humo negro que algunos respiran, un residuo que algunos excretan.

Preparad la nausea, preparad vuestra nausea y respirar mi agrio y áspero aliento. Ahora seremos uno con el vientre de la bestia que relleno de mierda espera la inmortalidad.

Preparad vuestra nausea, beberé vuestros jugos, me alimentaré de vuestras heces, devorando lo que os sobra, y ¡os sobra tanto! seréis niños desintegrándose, deshaciendo el camino que los transportaba, perdidos en cestos caeréis río abajo, todo está pensado para que seáis rescatados por la hija del faraón y libertéis a nuestro pueblo, luego seréis devorados. Nos encontraremos para escribir el Pentateuco y destruiremos el alma humana.

Familias enteras que abortan el horror, familias de plástico, almas envasadas y peces muertos. Entre todos me roban el aliento y quiero ser incinerado. Me gustaría olerme mientras mi cuerpo arde. Cuando era pequeño, solía quemar insectos, y olía con ansia. Jugando, investigaba y me divertía. Olor a moscas jóvenes incineradas, recuerdo el tacto de las larvas en mi carnosa lengua.

A veces me río de Dios, pero a veces es mucho peor.

(Continuará …)

Cesc Fortuny i Fabré

~ por Cesc Fortuny i Fabré en Octubre 8, 2008.

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