Pequeña guía de viaje al pueblo sin calles y VI

¿A qué puede saber la carne humana? Seguro que no me parecería ajena, debe ser algo familiar. Deberíamos devorarnos los unos a los otros, en una orgía de sangre y dolor. Supongo que en realidad es lo que hacemos, nos vamos consumiendo hasta desaparecer.

Ya tendría que haber llegado, tendría que haber llegado a algún sitio … hace años … pero …

Las puertas vuelven a abrirse y entra gente, cada vez somos más, embutidos, apretados, en este espacio que es mi universo. Como odio esta rutina, este sin sentido absurdo y delirante, como odio no poder reírme de todo esto. Es por eso que quizás decidí que lo más importante era viajar. Moverse aunque sea en el propio barrio, convertir todo en un viaje, en una experiencia en si misma, en una aventura medio controlada, que introduzca algo de frescor.

El metro vuelve a detenerse y parece que por fin ha conseguido llegar, nos movemos a cuatro patas con nuestros cuerpos abrigados por una lana que pronto serà esquilada, buscamos la superficie al igual que las burbujas del champán. Empujándonos sin respeto ninguno, parece como si no nos importara, como si el anonimato introdujese impunidad a nuestros actos. ¿Que importa un empujón si ni siquiera te conocen? No son personas, son cuerpos, y ellos te ven igual.

No hay luz al final del camino. En este frío ascenso por las escaleras, no hay luz.

La noche todavía cubre con su manto gris a los gigantes de cemento aterciopelado. Se resiste al día que lucha por lograr su puesto.

Al final de las escaleras no hay luz, todo está oscuro. La evidencia, destaca el desengaño.

Todavía es de noche y debo arrastrarme pesadamente … en mi oscuridad … quitarle el candado a la bici y … como un zombi de barrio, dirigirme al bar donde solemos quedar Fernando y yo.

Se trata de un pequeño localucho no demasiado limpio, donde solemos charlar, beber, escribir … en fin, todo aquello que nos cuesta hacer cuando estamos en movimiento o cuando no ensayamos. Supongo que todo por aquel entonces nos empujaba a perpetrar esas sesiones desquiciadas de ruido atroz completamente borrachos. Desvanecernos a través de los castigados oidos, en una degenerada sesión de sonido totalmente distorsionado por un bajo eléctrico, sumado a una batería a toda velocidad y a una guitarra caótica y sin sentido. Me excito cuando toco, soy capaz de tener erecciones cuando las distorsiones se suman y acontece el milagro.

Amo el ruido, es tan puro, tan simple, carente de toda forma. Yo veo la harmonía como si fuese la forma del sonido, lo que le facilita al consciente la asimilación de la música. Pero el ruido va más allá, es como una aproximación a los fenómenos que se perpetran en el inconsciente.

Ese “ruido” nos trajo más de una complicación al principio, era difil defender la atrocidad frente a la paz, a la calma. Aunque nosotros soliamos decir, que sin justicia no existe la verdadera paz, lo repetíamos constantemente, y lo habíamos convertido en una declaración de principios.

Llegar al local de ensayo, siempre me hace sentir bien, su laberíntica red de pasadizos entrelazados. Sus pequeños cuartos repletos de instrumentos y aparatos electrónicos. Todo parece acogerme en su matriz, y encajar, por fin.

Recuerdo que Fernando y yo, nos habíamos metido en una casa ocupada en el centro de Barcelona, en una especie de festibal de música experimental o algo así. Aquello estaba a rebosar de individuos tan perturbados o más que nosotros que se habían instalado hacía unos meses, en un antiguo matadero cerrado en los años setenta. El espacio era enorme, oscuro y sucio. Perfecto.

Llegamos tarde, como siempre que iba a alguna parte con Fernando, y había ya unos tipos “pinchando” en el centro de aquella descomunal sala con suelo de cemento. El humo de la hierba lo cubría todo con una neblina espesa y narcotizante. Nos fuimos directos a una improvisada barra de bar, compuesta por unos tablones salpicados de yeso y cemento, sobre un par de caballetes destartalados y mugrientos. El caso es que habíamos llegado tan tarde, porque habíamos parado con las bicis a comprar cervezas en un pequeño establecimiento regentado por paquistanies, por supuesto que eramos unos expertos en beber cerveza y montar en bici.

Una chica con una enorme mata de pelo rizado nos sirvió la bebida. Sobre su cabeza de escarola gigante, colgaban los carteles que anunciaban los precios, hechos con cartones y pintados a brocha. El sitio era bastante dantesco, como un almacén destartalado en el que las ratas hubiesen decidido montar un fiesta. La música, o antimúsica, seguía atronando a través de un equipo de sonido probablemente demasiado potente para el espacio donde nos encontrábamos.

Un músico “noise” puede incoporar, por ejemplo, silbidos, grabaciones manipuladas (como scratch de vinilos), ruidos de máquinas, elementos vocales no melódicos, etc … y ese era exactamente el caso del artista que estaba en el centro de la pista. Se apoyaba en una mesa de aluminio, aderezada con un montón de sofisticados aparatos repletos de pequeñas luces intermitentes. Siempre me sorprendió como era posible que nos metieramos en lugares tan absolutamente repugnantes y sin embargo nos gastáramos tanto dinero en tecnología. La mayoría de conciertos y de sesiones a las que asistíamos, pasaban completamente desaparcibidos para el gran público, en casas ocupadas, sin agua corriente, con un montón de mierda por todas partes y con la energía eléctrica recién pirateada de la comunidad de vecinos contigua o de la farola más cercana. Había algo exclusivo en asistir a un evento que no se anunciaba en ningún periódico ni en la televisión, ni en la radio. En realidad, disponíamos de nuestros própios medios para pasarnos información, teníamos nuestras publicaciones, nuestros conciertos, nuestro mundo. Vestíamos con ropas harapientas y sucias, comprábamos la cerveza en los supermercados para que resultára más barata, ya que los locales nocturnos eran desmesuradamente caros y la consumíamos en cualquier rincón de la ciudad a pesar de que las autoridades se habían apresurado en prohibirlo para evitar que los locales se vaciaran todavía más.

Creo que muchos de nosotros teníamos la sensación de vivir en otra dimensión, no en vano la prensa convencional llamaba a todo esto “alternativo”. Aunque tampoco creo que la mayoría de las veces supiesen muy bien de que hablaban, ni tampoco que todos los que participaban en ese extraño mundo tuvieran plena conciencia de lo que hacían.

Nos metían a todos en el mismo saco sin importar que en realidad pertenecíamos a especies bien distintas. Simplemente se trataba de un complejo sistema cultural alternativo, demasiado extenso para conocerlo con una simple mirada en diagonal. Y eso era precisamente lo que hacían con nosotros. Nos echaban una mirada en diagonal y llenaban sacos de periódicos con verdaderos ríos de tinta.

A veces, el noise era considerado una contradicción, dado que el ruido se define como un sonido no deseado o no intencional y, por ende, como lo opuesto a la música. Uno de los músicos más importantes del noise, el japonés Masami Akita, que se hacía llamar Merzbow, declaró que “Si por ruido (noise) nos referimos a un sonido incómodo, entonces la música pop es ruido para mí”. Eso también era bastante común entre los músicos que hacían noise, el descarado orgullo, ese aire de autosuficiencia y de soberbia que se manifestaba en actitudes de desprecio por todo aquello que se tenía por convencional o que se consideraba que “olía” demasiado a “normalidad”.

- Hay que estudiar esto tio.

Dijo Fernando totalmente concentrado en el espactáculo mientras bebía despreocupadamente su cerveza.

- Podríamos incorporar lo de la aspiradora, ¿no te parece? …

El tipo que ofrecía el espectáculo, estaba acompañado por otro que zarandeaba una aspiradora contra el micrófono, profiriendo chirridos y disonancias insoportables, para deleite de una decena de incondicionales que movíamos la cabeza totalmente en trance.

Eso era muy divertido, solíamos mover la cabeza, como si siguiéramos el ritmo, pero precisamente el noise se caracteriza por la total auséncia del mismo.

Al parecer hay personas que se ofenden por nosotros en cuanto oyen que a nuestros experimentos musicales les llaman “ruido”, en el momento en que empezamos con esto, el Noise (ruido en inglés) era un género musical que utilizaba elementos no tradicionales, y que carecía de la estructura convencional, como armonía y ritmo. Nos encantaba que nos insultasen, si todos los valores que nos resultaban repulsivos, eran alabados y justificados por la sociedad, entonces nosotros debíamos estar en el sitio opuesto, justamente opuesto. Nos parecía que en la bajeza estaba nuestra posición, la diferencia, en el caos, en la mierda, en lo que el sistema despreciaba. Nos sentíamos empujados a sublimar todo lo detestable, a sacralizarlo, a dignificarlo.

Recuerdo que cuando quisimos darnos cuenta, Fernando y yo estábamos subidos a las bicis intentando regresar a casa, pero nuestra borrachera nos lo ponía dificil. Nunca hemos conseguido recordar con exactitud lo que sucedió, pero terminamos en algún húmedo rincón de un parque público cerca de la casa donde vivía Fernando, escondidos tras la maleza y atados a las bicis.

Supongo que como otras veces, nos pasamos buena parte de la noche vomitando y sudando.

Nuestras bocas pastosas se encontraron con un impertinente sol amarillo y caliente como el aliento de un viejo.

Me sentía fatal, debí caerme con la bici ya que tenía una considerable cicatriz en carne viva en la pierna izquierda, que me llegaba del tobillo a la rodilla.

No mediamos palabra y nos metimos en el bar más próximo. Tras las primeras cervezas, llamamos a Jorge.

- Ya lo sé, son las nueve … le dije impaciente

- … ¡venga tio!, tenemos que hablar … además tenemos un concierto de aquí a dos semanas, ¡habrá que ensayar! digo yo.

Cesc Fortuny i Fabré

~ por Cesc Fortuny i Fabré en Octubre 13, 2008.

2 comentarios to “Pequeña guía de viaje al pueblo sin calles y VI”

  1. Me suena tan real como la vida misma, jejejeje.

    Un petó (o mil)
    MArian

  2. Y ahí va el poeta, en un delfín rumbo al infinito…

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